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REGISTRO DE OBRAS

Viaje por Italia (8) per A. de Azcárraga

WORK IN PROGRESS...

" Una mañana, en las naves de la iglesia de San Lorenzo y mientras admiraba su serenidad y armonía brunelesquianas, me sobrevino el pensamiento de que, en materia arquitectónica, el Renacimiento italiano no es más que el romántico afinado, elegantizado y clarificado. Salvo en la edificación civil, los italianos pasaron del estilo románico al renacentista saltándose el gótico a la torera o, al menos, haciendo del gótico una "adaptación" a su gusto para el entreacto.
Adaptación visible incluso en alguna construcción civil , como la Loggia de los Lanzi, levantada en plena época gótica. Sus arcos no apuntados, sino semicirculares, y su aspecto general me hicieron creer, cuando la vi de lejos, que era renacentista, y solo al aproximarme pude advertir mi error. La Loggia es del siglo XIV; ninguna construcción española de ese siglo se hubiera prestado a semejante confusión. Hasta del siglo XVI tenemos arquitecturas, como la catedral de Segovia, inequívocamente góticas.


Cierto es que ya conocía vagamente, antes de mi viaje, ese lugar común, al que aludí más atrás, de la resistencia italiana al gótico. Digo vagamente, porque nunca se sabe bien las cosas aprendidas de oídas o por libros, mejor dicho, no acaba uno de aprenderlas hasta que las vive o descubre por su cuenta.

Y este asunto del gótico en Italia empecé a descubrirlo personalmente cuando vi en Pisa su bonita y minúscula iglesia de Santa María de la Espina; una iglesia cuya fronda, pinaculitos y demás adornos eran evidentemente góticos pero ya estructura y dimensiones eran lo menos gótico que pueda imaginarse. Me hizo avanzar un paso más en la cuestión mi error frente a la Loggia florentina; y más tarde, en Roma, llegue casi a la meta al comprobar que en toda la ciudad hay una sola iglesia gótica, cuando, paradójicamente, -- como ya explicare más adelante --.

Llegue a la conclusión de que en Italia no hay arquitectura de ese estilo. Conclusión limitada, por supuesto, a la arquitectura religiosa; porque enunciada con carácter absoluto haría tambalearse de risa a los innumerables palacios góticos de Italia.

De las naves de la iglesia de San Lorenzo pase a la Sacristía Antigua, obra también de Brunelleschi y una de las mas notables del Renacimiento. Y de aquí a la Nueva, realización de Miguel Angel, que es en realidad una capilla o panteón destinado a guardar las famosas tumbas mediceas.

Allí pude contemplar, en su pétrea inmortalidad, las figuras de los duques de Nemours y de Urbino, Julian y Lorenzo de Medicis, y a sus pies los sarcófagos con las esculturas representativas de los cuatro momentos del día, a las que en Italia llaman "Las Horas". Miguel Ángel que nunca hizo retratos, tampoco lo intento al labrar las figuras de los Medicis, y cuando alguien le reprochaba su falta de parecido, replicaba soberbio y profético:
--¿Quién advertirá eso de aquí a unos siglos?—


La estatua de Lorenzo es una condensación de energía melancólica. Suele llamársele, por su actitud ensimismada, il Pensieroso; con bastante más razón que Rodin tuvo para titular el Pensador a aquel hércules de circo que, si piensa en algo, será en algún levantamiento de pesas.

La escultura más celebrada, La Noche, es una muestra asombrosa de potencia bajo su aspecto de derrumbada languidez. De ella decía con sorna Miguel Ángel que se la había encontrado hecha ya dentro del mármol, del que no tuvo más que ir quitando la materia que la escondía.

Vasari opinaba que con las cuatro figuras simbólicas de los momentos del día, el artista quiso significar que la tierra entera giraba en torno a los Medicis allí sepultados. Después se han hallado escritos de Miguel Ángel de los que se infiere otra explicación. Esas figuras soñolientas expresan que así como el día, con su veloz carrera, había quitado la vida a los duques, también estos, con su muerte habían privado al día de esplendor. Pero yo creo que la más certera interpretación de estas figuras son los amargos versos que su artífice, poeta también, compuso para ellas:


Me es caro el sueño y más el ser de piedra
mientras el daño y la vergüenza duran.
No ver y no sentir me es gran ventura:
no me despiertes, pues, susurra quedo.


Versos que constituyen estupendo comentario a los tiempos en que vivió el artista y la más lapidaria expresión de su hipocondría. Miguel Ángel era un pesimista fundamental. "Mi alegría es la melancolía", confeso en otra parte, y también: "Mil placeres no valen un tormento"


La estructura de esta capilla o panteón medico me pareció más noble, más severa, más importante que la del panteón de El Escorial. La capilla florentina es la aurora del barroco, la cripta escurialense es su ocaso. Pero esta capilla, con sus pétreos inquilinos, tiene, a su vez que grandiosidad, algo de opresivo y angustioso. Flota sobre ella la titánica tristeza de Miguel Ángel.

"...La plaza frontera a la iglesia está animada por un mercado pintoresco, donde me tropecé con un grupo de valencianos de Alginet, acompañados de un capellán. Hablaban en vernáculo y, creyéndome a mi florentino, me preguntaron la dirección de la plaza de la Señoría. Les conteste también en valenciano, tan macarrónico como mi italiano, lo que celebraron con alborozo y nos dió ocasión para un rato de charla. Uno de ellos me declaró con gracia:


---Tot aixo esta molt be, es molt bonico: pero aci no hi ha paella. I jo ja estic fart de pasta "chuta" i de format rallat


Sin embargo, aprovecho ahora la ocasión para manifestar que a mi la pasta asciutta me gustaba francamente. Con la pasta seca italiana sucede como con el arróz. El arróz y la pasta, sin más, no son gran cosa; su calidad gastronómica depende de lo que se les añade y de la manera de guisarlo. La pasta asciutta, en Italia, es de una variedad de composición que aquí no imaginamos. Los rellenos de que es objeto son innumerables, desde el hígado – las tagliatelle –hasta el pavo—los tortellini--, y las salsas con que se prepara son también variadas y excelentes. Por supuesto, nuestra paella es un plato estupendo, excepcional; pero en Italia tuve ocasión de probar algunos guisos de pasta seca que son también de una calidad positiva, incuestionable.

Por ejemplo, la lasagna verde ... Servida con una salsa de tipo bechamel y acompañada de un vino amabile –abocado--, tal como me la sirvieron en Bolonia, era algo verdaderamente exquisito, inolvidable.
Del mercado me fui a visitar nuevamente la galeria Pitti, y después tome un taxi para la vuelta. Como el transito por el puente Viejo esta prohibido a los vehículos, mi taxista, un simpático tarentino que me había tomado por brasiliano, me condujo por el puente de la Trinidad sorteando temerariamente los obstáculos que encontraba al paso.

Comente bromeando que la circulación italiana me parecía un tanto anárquica, y los conductores sumamente atrevidos.
--E vero –admitió mi taxista alegremente--, Sono molto bravi.


Se me ocurrió el fácil retruécano de que la tierra de los condotieros había de dar también buenos conductores. Y es cierto que, entre los campeones del volante, predominan los nombres italianos. Al llegar a la Colonna de la Justicia, mi taxista, sin cejar en su intrépida conducción, me refirió una anécdota sobre ese monumento. Cuando estaban colocando ante la muchedumbre el pesado monolito, hubo un instante en que las cuerdas, por la fuerte tracción, amenazaron romperse. Se produjo un silencio angustioso y entonces se oyo una voz:


---¡Acqua alle funi e vino agli uomini!


El consejo fue seguido. Las cuerdas, mojadas, resistieron, los hombres, con el vino, recobraron fuerzas; y la columna se erigió felizmente.
Era una bonita anécdota; lastima ya me la hubieran contado hacia años en Paris exactamente igual, pero referida al obelisco de la plaza de la Concordia. Allí añadían que, al hombre que dio la voz, Napoleón III le habían concedido una pensión vitalicia.


Pero la historia no queda ahí. Más tarde en Roma, me la volvieron a contar del obelisco de la plaza de San Pedro, y con otra sugestiva variante: el papa Sixto IV había prohibido levantar la voz, bajo pena de muerte, durante la peligrosa operación. El héroe fue esta vez un marinero de Liguria, a quien el pontífice no solo perdono, sino que le otorgo el privilegio, para e y sus descendientes, de vender en la plaza las palmas del Domingo de Ramos. A lo que solo resta añadir el proverbio italiano: Se non e vero e ben trovato.


(De: Viaje por Italia, A. de Azcárraga, 1967)

...sigue

 

 

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